Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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misterio; pero si es el primero en
entrar hoy aquí, barruntará que ha pasado algo que debe ponerle sobre aviso. Antes que permitáis la entrada
a D'Artagnan, debemos ventilar mucho el dormitorio, o introducir en él tanta gente, que el mejor sabueso
del reino quede desorientado por tantos rastros diferentes.
--¿Cómo despedirle si le he citado? --observó el príncipe, ardiendo en deseos de medirse con tan temi-
ble adversario.
--Yo me encargo de ello --repuso el obispo, --y para empezar, voy a dar un golpe que dejará aturdido
al gascón.
--También él sabe darlos --replicó con viveza el príncipe.
En efecto, en el exterior resonó un golpe.
Aramis no se engañó: realmente era D'Artagnan quien así se anunciaba.
Ya hemos visto al mosquetero pasar la noche filosofando con el señor Fouquet; pero aquél estaba fatiga-
dísimo, aun de fingir el sueño. Y apenas el alba iluminó con su azulada aureola las suntuosas cornisas del
dormitorio del superintendente, D'Artagnan se levantó de su sillón, acomodó su espada, y con la manga se
cepilló el traje y sombrero, como soldado pronto a pasar revista de limpieza.
--¿Os vais? --preguntó Fouquet al gascón.
--Sí, monseñor, ¿y vos?
--Me quedo.
--¿Palabra?
--Palabra.
--Por otra parte, salgo únicamente en busca de la respuesta que vos sabéis.
--De la sentencia queréis decir.
--Mirad, monseñor, yo tengo algo de romano antiguo. Esta mañana, al levantarme, he notado que mi es-
pada no se ha enganchado en ninguna agujeta, y que el tahalí ha resbalado sin tropiezo. Es una señal infali-
ble.
--¿De prosperidad?
--Sí.
--¡Diantre! no sabía que vuestra espada os tuviese tan al cabo --dijo Fouquet. --¿Es hechicera la hoja
de vuestra espada, o está encantada?
--Mi espada es miembro de mi cuerpo. He oído decir que a algunos hombres les avisa la pierna o una
punzada en las sienes. A mí me avisa mi espada. Pues bien, mi espada nada me ha dicho esta mañana...
¡Ah!, ¡sí!... ahora acaba de caer por sí en el último recodo del tahalí. ¿Sabéis qué presagia esto?
--No.
--Pues me presagia un arresto para hoy.
--Pero si nada triste os predice vuestra espada --repuso el superintendente, más admirado que enojado
de aquella franqueza, --¿no es triste para vos el arrestarme?
--¿Yo arrestaros a vos?
--Claro, el presagio...
--No es por vos, pues desde anoche estáis arrestado. Luego no seréis vos a quien yo arreste. Por eso me
alegro, por eso digo que se me prepara un bien día.
Dichas estas palabras con afectuoso gracejo, el capitán se despidió de Fouquet para encaminarse a la
habitación del rey. --Dadme la última prueba de afecto --dijo Fouquet, en el instante en que el gascón iba
a atravesar el umbral.
--Estoy pronto, monseñor. --Permitidme que vea a Herblay.
--Haré cuanto esté en mi mano para conducirlo aquí.
D'Artagnan llamó a la puerta del dormitorio del rey, y una vez abierta, el gascón pudo creer que el mis-
mísimo rey le había franqueado el paso; suposición que no era inadmisible, atendido el estado de agitación
en que el mosquetero dejó a Luis XIV. Pero, en vez de la cara del rey, a quien iba a saludar con el mayor
respeto, vio la impasible fisonomía de Herblay.
--¡Aramis! --exclamó D'Artagnan, --dijo fríamente el prelado.
--¡Aquí! --balbuceó el mosquetero.
--Su majestad os ruega que anunciéis que está descansando, pues ha pasado muy mala noche.
--¡Ah! --exclamó D'Artagnan, que no acertaba a explicarse cómo el obispo de Vannes, tan indiferente
para el rey la víspera, en seis horas se hubiese convertido en el más corpulento hongo que se hubiese pro-
ducido en el pasillo de una alcoba real.
En efecto, para transmitir en el umbral del dormitorio del monarca la voluntad de éste, para servir de in-
termediario a Luis XIV, y ordenar en su nombre. a dos pasos de él, era preciso haber llegado adonde nunca
llegó Richelieu con Luis XIII.
--Además --continuó Aramis, --cuidaréis, señor capitán, de que esta mañana sólo admitan las entradas,
pues su majestad quiere dormir algún tiempo más.
--Pero --objetó D'Artagnan, pronto a atufarse, y sobre todo, a manifestar las sospechas que le inspiraba
el silencio del rey; -- pero, señor obispo, su majestad me dio cita para esta mañana.
--Más tarde, más tarde --dijo el rey desde el interior de la alcoba.
Al oír aquella voz, D'Artagnan sintió una corriente de hielo en las venas, y se inclinó atontado, como


 

 
 

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